De esta maravilla de planazo que nos brindó abril, solo puedo atribuirme el mérito compartido con Borja, de proponerlo. Orozco lo organizó todo, lo dispuso y tuvo la sabiduria de lidiar con los 18 #dieciocho# valientes que nos congregamos para esta ocasión. Aún a riesgo de olvidarme de alguno, tengo el propósito de nombrarlos a todos:
Orozco, Borja, Isa, Pepi, Charly, Juancar, Jorge, Tomás, Juan, Marta, Chuquela, David, Joaquin, Gustavo, Aitor, Iker, Iker y yo mismo, siendo Iker e Iker dos personas distintas, que no obstante pueden formar parte de un solo ente, que junto con Aitor, denominaré por economía, "los guiputxis".
La salida, como en casi cualquiera de nuestras gestas se produjo desde el parking del parque de bomberos. Dicen, y al parecer así lo respalda la última evidencia, que fue allí frente a la puerta "1" donde Rodrigo Díaz de Vivar "el Cid" reunió a sus tropas para emprender su, paradójicamente glorioso, camino del destierro. En honor a su memoria, mantenemos esta costumbre.
El parking frente a las puertas 1 a 6 conserva hoy su valor estratégico. Primero, porque hoy, como ya ocurría a finales del sXII, suele haber sitio para aparcar, y segundo, porque cada día a las 8 de la mañana se dan relevo los bomberos que nutren en buena medida las gestas que de vez en cuando me da por describir en este blog.
De modo que allí nos reunimos, vaciamos unos coches y macizamos otros, presenté a Isa a todos y todos, creo, nos presentamos con alguien de los 13 valientes que allí nos congregamos en primera instancia a falta de completar la alineación con Guiputxis y el comando Chuquela, que sin duda eran quienes más presentaciones tenían pendientes. Recuerdo que ya con todos los integrantes agolpados ante mis ojos (con la sola excepción de mi mismo), pensé: "Vaya equipo más cojonudo".
Así que allí en algún lugar de cuyo nombre no puedo acordarme, a dos horas de Chamonix, después de dar alguna vuelta que otra, hayamos cada uno nuestro catre, habiendo previamente compuesto, o eso creí yo, 6 cordadas solventes que si los elementos lo permitían comenzarían al día siguiente un camino lleno de belleza pero también rebosante de la incertidumbre de la montaña y del cielo, que no puedo evitar preguntarme si se habría recorrido con anterioridad, aunque me consta que hay quien lo ha intentado.
Pertrechados, desayunados, moderadamente nerviosos, optimistas, joviales e ilusionamos, arrancamos desde la estación de Argentiere.
El incendio del telecabina de Grands Motets ocurrido ya hace algunos años, ha alargado un poco el acceso al Glaciar de Rognons, que no obstante se alcanza bastante rápido, sobre todo si como nosotros, no se pretende alcanzar la cima de dicho monte.
Una vez en el collado previo al Glaciar de Rognons (Col des Rachases), empezamos a bajar por la nieve profunda (y lo parece más por la mochila) con las primeras vistas del glaciar a la derecha y la vista del glaciar de Argentiere y nuestro refugio, aún indistinguible, al fondo.

Finalmente algunos decidimos que da tiempo a todo y subimos la pala que conduce al Col de Tour Noir, un añadido de tarde en principio de unas dos horas (que creo que luego se alargó un poquito más) desde donde nos asomamos a nuestro camino del día siguiente.
La bajada resulta costrosa y aunque hemos descargado parte del equipaje, yo noto que me vence y no estoy esquiando bien. Charly lo nota y huele la sangre. Me ataca. Respondo tímidamente pero sé que no puedo hacer nada, se alimenta de la debilidad como la carroña nutre a las hienas. Todos recibimos los insultos plácidamente conocedores de que ha entrado en ese terreno en el que es implacable.
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| Ya en el fondo del valle de Argentiere, Juancar se encontró una piedra |
El camino al refugio es espectacular, con lenguas de hielo colgadas en la Aiguille Verte, y aunque no hemos salido muy pronto, los ánimos garantizan una excursión de tarde.
Una vez en el refugio, es hora de acomodarse un poquito y repostar. El miedo se apodera de mi ante la tentadora perspectiva de apalancarse. El sitio es espectacular y la contemplación finalmente seduce a unos cuantos. Tanteo el terreno. Veo dudas. Yo mismo me planteo la necesidad de hacer algo, porque tirarse allí, es planazo.
Finalmente algunos decidimos que da tiempo a todo y subimos la pala que conduce al Col de Tour Noir, un añadido de tarde en principio de unas dos horas (que creo que luego se alargó un poquito más) desde donde nos asomamos a nuestro camino del día siguiente.
La bajada resulta costrosa y aunque hemos descargado parte del equipaje, yo noto que me vence y no estoy esquiando bien. Charly lo nota y huele la sangre. Me ataca. Respondo tímidamente pero sé que no puedo hacer nada, se alimenta de la debilidad como la carroña nutre a las hienas. Todos recibimos los insultos plácidamente conocedores de que ha entrado en ese terreno en el que es implacable.
El atardecer resulta espectacular y Juancar saca el dron solo para acumular el primer fracaso de la videoproducción, pues al parecer el aparato solo vuela al amparo de la cobertura telefónica, lo que significa que prácticamente se ha convertido en un kilo de lastre. Esperanzados de que el pundonor se lo impidiera (como así fue, afortunadamente) fuimos varios los que nos ofrecimos a compartir tamaña penitencia, que finalmente le acompañaría durante los seis días de travesía.
A nuestra llegada al refugio ya no quedó tiempo para tomar el sol, y tras un lavado de gato, enseguida tomamos posición en las mesas que serían testigo de la incredulidad Pepinícea ante la negativa contumaz de nuestra añeja hospedadora a proporcionarnos agua del grifo "ni siquiera para lavarnos los dientes" y que se saldó aquella noche con el generoso detalle de dejarnos el agua embotellada a 5 euros. Todo hacía presagiar que dicho gesto no iba a aplacar el desasosiego del que fue presa Pepino cuando ya antes de tumbarse, porque dormir dudo mucho que durmiera tan reciente la herida, pronunció caricaturizándose a sí mismo aquellas palabras que de una u otra forma ya habíamos oído la mayoría: "llevo 35 años yendo a refugios y jamás me ha pasado esto".
Así, antes de que las primeras luces del alba lo delataran, refugiado en las sombras como un ninja, abandonó el dormitorio sigiloso para constatar la afrenta, observando por los resquicios que los guardeses, imprudentes, habían obviado en su deliberada ocultación del misterioso proceso de obtención de agua a partir de nieve. ¡Y ahí estaba! un enorme barreño lleno del valioso recurso que se repartían entre ellos a su antojo, bebiéndosela a granel o, con escandalosa arrogancia, lavándose las manos permitiendo que esta marchase por el desagüe y derrochando así este codiciado medio de subsistencia que nos negaban para sacarnos los higadillos.
Y llegó la hora del desayuno. El desayuno, discreto, era mejor que la insípida sopa que nos habían servido la tarde anterior, aunque es justo señalar que el resto de la cena estuvo muy bien. Un voluminoso termo de acero inoxidable lleno de agua caliente se alzaba provocador sobre la encimera junto a los cereales. Cautelosos, muchos de nosotros aprovechamos con disimulo para rellenar nuestros termos y botellas, hasta que Pepino eligió su turno coincidiendo con la presencia de la guardesa gabacha, para rellenar su enorme camelbak mientras se explayaba en su perorata sobre la negación del agua como recurso humanitario. Una sonrisa traviesa se dibujaba en la cara de Tomás, que había cogido sitio para no perderse el desenlace. Y ocurrió: Para sorpresa de nadie la guardesa enfureció y se desato una encarnizada batalla dialéctica bilingue en la que ninguno de los contendientes entendía ni pretendía entender a su adversario. Ahora Tomás ya no contenía la carcajada, el cabrón. Los demás disfrutábamos del espectáculo más tímidamente, con algo de tensión mientras argumentábamos a favor y en contra de los dos, salvo Orozco, que esgrimiendo la transparencia con la que previamente estábamos advertidos, trataba de frenar la rabia de Pepino.
Concluido este encontronazo por desistimiento (de ella), y agradezco que Pepino haya tenido a bien recordármelo, Pepino:
-"Pelines", que está muy bien manifestarse por los derechos de la ballena jorobada, pero también hay que saber defender lo tuyo. Que yo alucino con los rebeldes de todo a cien. No defiendes lo tuyo y luego te encadenaras a un árbol por las mujeres de cuello de jirafa.
De nuevo, desistimiento, esta vez sin llegar a presentar batalla.
La ruta comienza sobre hielo petreo en el cortísimo pero empinado descenso que conduce desde el refugio al fondo del valle, para retrocediendo un poco sobre los pasos del anterior día por el glaciar de Argentiere para subir al collado de chardonet por el glaciar buscar el glaciar de
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